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La ciudad donde nace el sol

mayo 15, 2009

Nabusímake, la ciudad donde nace el sol, es la capital de la tierra de los arhuacos, en los valles meridionales de la Sierra Nevada de Santa Marta. Llegué al poblado después de serpentear cuatro horas en 4×4 sobre una pista infestada de piedras y quebrada por grietas innumerables formadas por la lluvia. El conductor me dejó en casa de María Inés Quinto, una amable señora que fue mi anfitriona durante las treinta y seis horas que estuve en el poblado.

Cuando los capuchinos llegaron al valle, a comienzos del siglo XX, aportaron diversas mejoras en la agricultura y ganadería del valle: nuevas especies de vacas y ovejas más productivas, introducción de la trucha en los ríos… Pero también prohibieron la lengua arhuaca y se enfrentaron a algunas costumbres que eran seña de identidad del pueblo. Junto a los capuchinos llegaron colonos del resto del país y los arhuacos se sintieron arrinconados. Su reacción fue firme, me cuenta Alberto, en la comisaría del pueblo: Les dimos un aviso y se fueron todos: blancos y capuchinos comprendieron lo que les esperaba si no abandonaban el valle. Los espíritus le han dado una tierra a cada pueblo para que cuide de ella. Confieso que me pongo en guardia cuando escucho argumentos como estos, pues la historia del mundo está llena de pueblos que se proclamaron elegidos y fueron sus vecinos los que sufrieron las consecuencias. 


Si un arhuaco se casa con alguien que no lo es, pierde todas sus tierras y debe salir del valle. Aunque no siempre fue así: el marido de Maria Inés es un guajiro. Su padre era de Curazao, él, de Nazareth, en el extremo de la Alta Guajira. Conoció a su mujer en un intercambio escolar organizado por los capuchinos y, hace cincuenta años, se instaló en Nabusímake. Le permitieron quedarse, aunque no lo ha tenido fácil y nunca se ha sentido totalmente aceptado.

Los arhuacos son gente dura y muchos de ellos miran con abierta desconfianza al extranjero. Sufrieron el conflicto colombiano en sus propias carnes cuando la guerrilla y los paramilitares lucharon por su territorio e intentaron hacerles tomar partido. Desde entonces, los arhuacos sólo confían en ellos mismos y no les faltan razones para ello, aunque apostar por la homogeneidad cultural sea una tarea hercúlea y quizás imposible en el siglo XXI.

Intenté fotografiar el poblado y hablar con alguno de sus responsables, pero mis peticiones fueron rechazadas una tras otra. Comprendí que me llevaría varias semanas -o varias vidas- demostrarles que podían confiar en mi y decidí salir de aquel hermosísimo valle. A mediodía, una caravana de 4×4 pasó por la puerta de mi pensión. Conseguí un hueco y emprendí el tortuoso camino de vuelta a Pueblo Bello. Se trataba de una variopinta excursión del Movimiento Todorista, una secta venezolana que predica el amor al planeta con un lenguaje bastante extravagante. La mayoría de los viajeros eran del país vecino y se comportaban de una manera muy ruidosa, ya que habían decidido expresar su amor a todas las criaturas en forma de tragos de ron y debían llevar todo el día bebiendo. Uno de ellos no dejó de decir sandeces y de molestar a una indígena que se encontraba visiblemente mareada. Al final la mujer acabó vomitando a nuestros pies poco antes de llegar al pueblo, provocando muecas de asco en todos ellos.

Al llegar a Pueblo Bello me despedí de mis compañeros de viaje, no sin que antes me presentaran a su líder, un español de túnica blanca y larga barba del mismo color. Un maestro espiritual vestido de maestro espiritual. Siempre he desconfiado de los gurús que llevan puesto el uniforme de gurú.

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