Colombia en su laberinto

2009 Junio 1
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de antonioperezrio

[...] Todos los actores armados son “coherentes con sus incoherencias” frente al Derecho Internacional Humanitario, es decir, el ELN continúa supeditando el DIH a la guerra y no la guerra al DIH (como sucede, en esencia, en el Acuerdo de Puerta del Cielo), las FARC continúan son sus ataques afectando a la población civil cerca de objetivos militares (y en general afectando bienes  personas civiles), la Fuerza Pública continúa con evasivas frente al paramilitarismo o, incluso, en acciones de complicidad abierta (dentro de la lógica de que la omisión no es delito), y los paramilitares siguen causando masacres de civiles (acusándolos de ser “cómplices pasivos” o cosas similares), con lo cual se adaptó el DIH al conflicto colombiano y no el conflicto al DIH. El Estado central, por su parte, demanda de los grupos armados el respeto al DIH, a su vez que él mismo niega la existencia de un conflicto armado. Leer más…

¿Te vienes a Maicao?

2009 Mayo 29
de antonioperezrio

- Negra, ¿te vienes a Maicao?

El conductor era tan negro como la negra y le lanzó su pregunta a través de la ventanilla. Ella le ignoró con la mirada y afirmó su victoria al alejarse de nosotros aumentando ostensiblemente el baile de sus caderas.

El taxista que había encontrado en Valledupar era un especialista en frenar el coche ante cualquier mujer hermosa que pudiera encontrar en su camino, siguiendo una versión caribeña de la táctica de los leones, que triunfaban en un 10% de sus ataques y con esa renta tenían más que suficiente. Pasé un tiempo pensando el porcentaje de éxitos y fracasos que yo mismo acumulaba a mis espaldas y lo inferior de mis tácticas ante el desparpajo y la falta de pudor del conductor. Después de prometerme inútilmente a mi mismo que iba a ser más caribeño a partir de entonces,  decidí cambiar de tercio e indagar el sentir de mis compañeros de viaje sobre los constantes crímenes que asolaban las noches del César y la Guajira y que aparecían cada mañana en los periódicos.

- El Gobierno lo sabe, por supuesto, ellos están detrás de todo, son los mismos.

El conductor del taxi no tenía dudas y el viajero que se encontraba delante de mí remató la jugada:

- No se puede hacer otra cosa: el ratero sólo aprende de un tiro en la cabeza.

Hablaban de los águilas negras, los paramilitares, los de siempre pero mejor organizados, más jóvenes, más silenciosos. Los de toda la vida, limpiando las calles de vagos y maleantes. ¿Qué pasa si se equivocan? ¿Qué pasa si aprovechan su ley para quitarse de en medio, como están haciendo, a activistas sociales o sindicalistas? Ellos no se equivocan, afirma el conductor, nunca se equivocan. Si no haces nada, no te pasa nada. Pero si vas detrás de la muerte, te la encuentras.

La ley de la indiferencia ante las atrocidades que asolaban Colombia tenía en esta declaración su artículo primero: quien muere, alguna mancha lleva. De nada sirven los análisis más sosegados:

Están documentados los casos de la puesta en marcha de campañas de “limpieza social” llevadas a cabo por los paramilitares, acabando con la vida de delincuentes comunes, trabajadoras sexuales, asaltantes y expendedores de drogas. Sin embargo, esta labor tiene un cometido específico: el de adueñarse de las redes de delincuencia a través de un control social basado en el terror y en la seguridad de establecer que todos los negocios derivados del ejercicio de la delincuencia común estén bajo su égida.

Colombia en su laberinto: Una mirada al conflicto (Ediciones La Catarata)

El conductor no tenía dudas y yo tampoco. Cualquier razonamiento era inútil ante argumentos tan rotundos y simples como los que había escuchado, y más teniendo en cuenta  mi condición de extranjero.  De todos modos, la conversación tampoco duró demasiado. El taxista redujo la marcha ante una pareja de mujeres que avanzaban caminando en sentido contrario por el otro lado de la carretera y se detuvo mientras sus ojos escalaban sus piernas infinitas:

-¿Se vienen a Maicao?

- ¿A Maicao? -le contestó la más guapa, tan asombrada como si le ofrecieran viajar al lado oscuro de la Luna.- ¿Y yo qué voy a hacer en Maicao? ¿Usted está loco?

Nos echamos a reir y proseguimos la marcha. En un país de cuatro millones de desplazados y cientos de miles de muertos, la vida continuaba su camino. Y podríamos caminar sobre tierras robadas, tumbas heladas y fosas comunes y seguir riendo, con la estúpida certeza de que nosotros, por ricos, por honrados o por cobardes, nunca seríamos uno de ellos.

Una nación a pesar de sí misma

2009 Mayo 13

La alianza no estaba planteada entre el Estado y la Iglesia, sino más bien entre esta última y el Partido Conservador, que controlaba el Estado. Durante estos años [comienzos del siglo XX] abundan las expresiones folclóricas de apoyo al Partido Conservador por parte del clero. Como un sacerdote antioqueño aconsejara a sus fieles en 1913: “Hombres y mujeres que me escucháis, tened presente que el parricidio, el infanticidio, el hurto, el crimen, el adulterio, el incesto, etc., etc., son menos malos que ser liberal, especialmente en cuanto a mujeres se refiere”. Otro caso similar es el del sacerdote que, al rendir informe de los resultados electorales en su localidad, presentó la relación de la siguiente manera: “Católicos, 435; rebeldes contra Dios y su Santa Iglesia, 217″.

David Bushnell: Colombia. Una nación a pesar de sí misma (Planeta)

Tierra viva

2009 Abril 18
de antonioperezrio

Aníbal experimenta con el color de la tierra en su estudio de Barichara, al que he llegado por azar en mi vagabundear por las calles coloniales del centro del  pueblo. Los cuadros que cuelgan de las paredes y su relación con los materiales no dejan lugar a duda: Aníbal hace de la construcción un arte y defiende el derecho de las personas a construir sus propias casas con materiales procedentes del lugar en el que se levantan. La fundación en la que trabaja  permitió construir sus propias casas a desplazados que de otro modo no hubieran podido optar más que a unos módulos impersonales y prefabricados en las comunas de Medellín.

La tierra pisada o el bahareque hacen de la casa una forma más del paisaje, un elemento de tierra que respira en la tierra y se relaciona con sus moradores como un ser único alejado de las convenciones de la construcción en serie. Tod0 muy hermoso y muy romántico, me dice Carlos, arquitecto como él, que está construyendo un chalet para un amigo en Barichara y no concede mayor crédito a innovaciones de ese estilo. Mientras tomamos un café, Aníbal permanece sentado en una mesa cercana con su traje de lino blanco y su sombrero canotier. Es evidente que espera a una mujer, pero pasan los minutos y finalmente se va, acompañado de su perro que parece mucho más tranquilo que él. Poco después me despido de Carlos y éste me invita a la galería de arte que va a abrir en su estudio de Bogotá. Sólo expondrá obra gráfica: susceptible de repetición y, por tanto, más fácil de rentabilizar. Sostengo su tarjeta en las manos mientras imagino a Aníbal regresando al estudio después de su cita fallida. El artista honesto es un especialista en volver a casa con las manos vacías. Nada es casual.

Rosario Tijeras y Pablo Escobar

2009 Abril 17

El narcotráfico lo penetra todo: los partidos políticos, la policía, el ejército, la guerrilla. Pero los narcotraficantes actuales están aprendiendo a ser invisibles, una virtud que no tuvo Pablo Escobar cuando fue elegido parlamentario suplente y después expulsado, asesinó a ministros y candidatos, secuestró a diestro y siniestro e hizo del plata o plomo una marca de empresa que le permitió obtener, en 1989, el sexto puesto en la lista de Forbes de los hombres más ricos del mundo.

En la Colombia de hoy el plomo sale menos en las noticias, pero la plata sigue manejando los hilos, como quedó demostrado en la reelección del presidente Uribe, cuando dos parlamentarios se ausentaron oportunamente y cambiaron su voto. Que ambos hayan sido juzgados y haya una condena firme por cohecho no ha alterado la vida política del país, firmemente gobernado por un presidente cuyo principal estratega es primo hermano de Pablo Escobar y al que se ha acusado de financiar su campaña con dinero de los paras y el narcotráfico. Pero, en este país, ¿quién no ha recibido dinero de los narcos? Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra: las figuras más conservadoras de la Iglesia también lo han recibido como pago por su lucha contra el comunismo y otros demonios de una izquierda que siempre ha puesto nerviosa al narcotráfico.

Volvamos a los años  80 y 90. De los primeros sicarios y los primeros narcos y las primeras muertes escribe Jorge Franco en Rosario Tijeras:

He tenido que luchar con la memoria para recordar cuándo y dónde la habíamos visto por primera vez. La fecha exacta no la ubico, tal vez hace seis años, pero el lugar sí. Fue en Acuarius, viernes o sábado, los días que nunca faltábamos. La discoteca fue uno de esos tantos sitios que acercaron a los de abajo que comenzaban a subir, y a los de arriba que comenzábamos a bajar. Ellos ya tenían plata para gastar en los sitios donde nosotros pagábamos a crédito, ya hacían negocios con los nuestros, en lo económico estábamos a la par, se ponían nuestra misma ropa, andaban en carros mejores, tenían más droga y nos invitaban a meter -ése fue su mejor gancho-, eran arriesgados, temerarios, se hacían respetar, eran lo que nosotros no fuimos pero en el fondo siempre quisimos ser. Les veíamos sus armas encartuchadas en sus braguetas, aumentándoles el bulto, mostrándonos de mil formas que eran más hombres que nosotros, más berracos. Les coqueteaban a nuestras mujeres y  nos exhibían las suyas. Mujeres desinhibidas, tan resueltas como ellos, incondicionales en la entrega, calientes, mestizas, de piernas duras de tanto subir las lomas de sus barrios, más de esta tierra que las nuestras, más complacientes y menos jodonas. Entre ellas estaba Rosario.

[...]

La pelea de Rosario no es tan simple, tiene raíces muy profundas, de mucho tiempo atrás, de generaciones anteriores; a ella la vida le pesa lo que pesa este país, sus genes arrastran con una raza de hidalgos e hijueputas que a punta de machete le abrieron camino a la vida, todavía lo siguen haciendo; con el machete comieron, trabajaron, se afeitaron, mataron y arreglaron las diferencias con sus mujeres. Hoy el machete es un trabuco, una nueve milímetros, un changón. Cambió el arma pero no su uso. El cuento también cambió, se puso pavoroso, y del orgullo pasamos a la vergüenza, sin entender qué, cómo y cuándo pasó todo. No sabemos lo larga que es nuestra historia pero sentimos su peso. Y Rosario lo ha soportado desde siempre, por eso el día en que nació no llegó cargando pan, sino que traía la desgracia bajo el brazo.

[...]

De lo que sí estaba seguro era de que su angustia no se debía exclusivamente a la droga. Fueron las circunstancias que la llevaron a ella, las que precisamente sumergieron a Rosario en el fondo de lo que ya se había llenado. La droga fue el último recurso para paliar el daño que la vida ya le había hecho, la cerca falsa que uno construye al borde del abismo.

-Tiene que haber una salida -le decía yo-. La famosa luz al final del túnel.

-Es lo mismo.

-No te entiendo, Rosario.

-Que la famosa luz no alumbra nada nuevo, nada distinto a lo que había al entrar al túnel.

[...]

-¿Y esa muchacha tan bonita quién es? -había dicho el más duro de todos-. Tráiganme para acá a ese bizcochito.

Y como el “bizcochito” sabía de quién se trataba, ni corta ni perezosa se dejó llevar, y seguramente cambió el caminado como cuando quiere mostrarse, y seguramente lo miró como cuando quiere algo, y le sonrió, seguramente, como me sonrió a mí esa noche en que quiso algo.

Rosario Tijeras es un personaje literario que entrega su cuerpo a los narcos y  lleva la muerte en sus besos, pero los sicarios del día a día prefieren no conocer mucho de sus víctimas y matan desde una motocicleta, igual que lo hacían cuando Pablo Escobar creó la Oficina de Envigado, y se extienden por el continente americano como una lenta mancha de sangre. Los gobiernos improvisan medidas para contener la epidemia: mientras en Guatemala han prohibido el viaje de dos personas en la misma motocicleta, en Colombia los motoristas deben llevar chaleco y casco con el número de matrícula y se rumorea que se van a prohibir los modelos de motocicleta más usados por los sicarios.

Rosario Tijeras y Pablo Escobar: un personaje literario y otro de leyenda al que no es extraño que compongan canciones en un país cuya historia, desde Bolívar hasta hoy, ha sido una historia de violencia.

La suerte de los violentos

2009 Abril 13
de antonioperezrio

Pierre lleva más de 30 años viviendo en Bogotá. Es profesor universitario y especialista en desarrollo rural y le he conocido en el colectivo que se dirige al parque nacional del cañón del Chicamocha. Le acompaña su madre, una valiente mujer de 85 años de sabia sonrisa y vivaz mirada que no dudó en invitarme a su apartamento de París si algún día me decidía a conocer la ville lumière.

Pierre no tiene dudas sobre el hecho más destacable de la evolución que ha vivido la sociedad colombiana a lo largo de los años que lleva en el país: la deriva fatal de la guerrilla, que ha pasado de luchar por la transformación social de un orden injusto a convertirse en una empresa dedicada al mantenimiento de sí misma a través del secuestro y el narcotráfico. La guerrilla actual ha perdido legitimidad y su base social. Su presencia no cambia, sino que refuerza, el estado de las cosas. Y eso es algo que la guerrilla no consigue comprender o, lo que aún sea peor, quizá le traiga sin cuidado.

Pierre también es crítico con el gobierno y con las oligarquías que manejan Colombia desde los tiempos de la independencia. Su nombre llegó a estar en una lista de amenazados, una de esas listas nada banales que hoy vuelven a poblar Colombia aprovechando los vientos favorables del partido en el poder. Al padre del presidente Uribe le mató la guerrilla y eso no se olvida, comenta Pierre, pero gobernar no es sólo luchar contra la guerrilla, hay muchas más cosas que hacer. Y no todo vale.

En el autobús también viaja una trabajadora de la fiscalía. Pierre conoce muy bien la zona y tienen un amigo común del que me cuentan su historia: tanto él como su esposa eran miembros de la fiscalía y a ella la enviaron junto con otros compañeros en una comisión para investigar el asesinato de un campesino por grupos paramilitares en el río Magdalena. Los paramilitares les hicieron una emboscada y dispararon al coche de la comisión. A todos los que aún se movían después de las primeras ráfagas, les dieron el tiro de gracia. El conductor se hizo el muerto y fue el único superviviente. Nuestro amigo tenía dos niños, ¿verdad? -preguntó Pierre-. , -contestó la fiscal sonriendo-, pero ya son dos hombrecitos, tendría que verlos…

La que no va a ver a sus hijos es su madre, pensé. Aunque gracias a las leyes de desmovilización del gobierno colombiano, los paras sí tendrán esa suerte, de hecho, ya la tienen. Seguro que algún día, entre cerveza y cerveza, en el nombre de la reconciliación nacional y de la seguridad democrática, se cruzan en la calle con ellos.

Crónica de una muerte anunciada

2009 Abril 13

Veo en la televisión que ha muerto Corín Tellado, productora en serie de cientos de libros y vendedora de millones de ellos. Pero si queremos conocer algo del amor, en una novela tan tórrida y descarnada como Crónica de una muerte anunciada García Márquez nos regala una escena que no contradice el hedor de los intestinos de Santiago Nasar al caer sobre la tierra, porque el destino, el dolor, el amor o el olvido están hechos de la misma materia: la palabra.

Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quien era. “Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo, era él!”. Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada en sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.

-Bueno -dijo-, aquí estoy.

Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas con sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.

El olor de la muerte en el trópico

2009 Abril 10

Este país ha pasado mucho, me dice Sergio con una mezcla de rabia y dolor que está a punto de empañar sus ojos. Acabo de regresar a Villa de Leyva, después de una mañana de lluvia en la que visité el monasterio de Sancti Ecce Homo, un hermoso oasis de religiosidad católica a pocos kilómetros de los falos de piedra de la cultura Muisca. No es de extrañar que los conquistadores españoles, tan reprimidos como algunos de sus descendientes, pensaran que los falos eran obra del diablo -qué pensarían ellos al mirarse al espejo, me pregunto- y derribaran gran parte de ellos. Hoy se erigen en un recinto cerrado por el que es posible pasear e imaginar la ceremonia de fertilidad que celebraban los sacerdotes el único día del año en el que, durante el cénit del sol, los falos no ofrecían sombra sobre la tierra. Lo masculino hundido en lo femenino, el sol concentrado en la tierra: una fiesta de fertilidad demasiado sencilla para los retorcidos senderos teologales de la Santa Madre Iglesia.

El movimiento indígena está en un momento de resistencia frente a los actores armados, continúa Sergio mientras da vueltas a su sombrero blanco con cinta negra.  Él y su esposa son sociólogos y han trabajado muchos años con los diferentes pueblos indígenas que pueblan Colombia. Resistir, que no es poco, por ejemplo, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Sergio me señala el mapa: al sur de la sierra y al este de la frontera con Venezuela se encuentra un corredor cuyo centro es Valledupar, por el que penetra el contrabando desde los puertos de la Guajira y Venezuela. Controlar esa zona es controlar la entrada de armas y la salida de droga. De ahí la fuerte presencia guerrillera de los años 90 y la respuesta paramilitar. Más de trescientos kankuamos fueron asesinados, prosigue Sergio. Si bajaban del monte, los paramilitares los consideraban colaboradores de la guerrilla. Si subían, los guerrilleros pensaban que eran espías de los paras. La única respuesta a ambas sospechas era la muerte. Hace varios años, el gobierno declaró la zona libre de guerrilla.  Pero una parte del precio del trekking de seis días a Ciudad Perdida sigue siendo para pagar a los paramilitares que controlan la zona. La seguridad de los turistas, ante todo.

No sólo los kankuamos. En mayo de 1996, el presidente Samper declaró su intención de construir un nuevo canal que uniese el Pacífico y el Atlántico por tierras colombianas, una vieja idea aprobada por ley en 1985 durante el gobierno de Betancur, estudiada por posteriores gobiernos pero aparcada desde entonces. Ese mismo día comenzó la violencia en el Chocó fronterizo con Panamá: los paramilitares enviados por los terratenientes del país entraron a sangre y bala -en un país en que la sangre y la bala no son metáforas- para desalojar a los habitantes de la zona y poner sus tierras en manos de las nobles familias que desde hace siglos manejan la política colombiana. La guerrilla comprendió la importancia del proyecto y respondió con dureza. En medio, los de siempre, indígenas y campesinos que engrosan las cifras de muertos o desplazados.

Sergio es familiar de Don Paulino, el dueño de la económica pensión en la que me encuentro alojado, una casa colonial de las muchas que pueblan Villa de Leyva. Hoy se celebra el aniversario de la muerte de su primera esposa y, por ello, al regresar de la excursión me ha recibido la familia en pleno y me han invitado a comer con ellos en el hermoso patio.

Sergio me invita después a su tienda de artesanía y joyería indígenas. Allí me presenta a Jorge, un escritor de la localidad con una terrible historia detrás. Jorge se enamoró de una turista extranjera y ambos acudieron a la playa de Sapzurro, en la frontera con Panamá, para celebrar la Nochevieja. Y en medio de un baño su novia se ahogó -un juego del que todos formamos parte cuyo lema es ahora estás vivo, mañana no lo estás-. Llevó su cuerpo al bungalow y allí comprendió desesperado que aquello no era un mal sueño y pidió ayuda. No fue ayuda lo que obtuvo: los habitantes del lugar desconfiaron de él y le dijeron que tenían que esperar unos días a la llegada de la policía, pues temían que Jorge hubiera ahogado a la joven extranjera. Y así el cuerpo vivo de Jorge y el cuerpo de su novia muerta pasaron juntos la Nochevieja y el Año Nuevo y algunos días más, solos en un bungalow de una playa aislada a la espera de que el silencio acabase. Llegó la policía y el cuerpo de Jorge pudo abandonar aquella pesadilla, pero su alma ha tardado varios años en supurar las palabras que ahora hojeo entre mis manos.

Sigue escribiendo, le digo mientras estrechó su mano, la literatura es vida. Jorge sonríe con melancolía, pues su mirada conoce bien el olor de la muerte en el calor del trópico.

La Virgen de los Sicarios

2009 Abril 2

Despues de varios días he terminado de leer el libro de Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios, una novela que me prestó Mar Ortega, mi anfitriona en Bogotá. Mar es profesora de literatura y tiene una relación orgánica con la palabra escrita, algo que descubrió cuando tuvo una relación con un poeta salvadoreño y se quedaron sin plata: estuvieron tres semanas sin hacer la compra y, cada vez que tenían hambre, se encerraban en el cuarto a leer poesía -una hipotesis más creíble de lo que podría parecer, pues es dudoso que tuvieran fuerzas para hacer otras cosas-.

Fernando Vallejo no pertenece a la estirpe de los ángeles, pero escribe tan bien como el mismísimo demonio y sus palabras son ráfagas inmisericordes que apuntan, disparan y rematan a todos los miembros de la sociedad colombiana. La Virgen de los Sicarios es una sacudida brutal sobre una realidad brutal: la del Medellin de la primera mitad de los años noventa, momento en que la ciudad amada y odiada por el autor se convirtió en el crisol de muerte que afortunadamente ya no es:

Madre Santísima, Maria Auxiliadora, señora de bondad y de misericordia, posternado a vuestros pies y avergonzado de mis culpas, lleno de confianza en vos os suplico atendáis este ruego: que cuando llegue mi ultima hora, por fin, acudáis en mi socorro para que tenga la muerte del justo. Ahuyentad al espiritu maligno y su silbo traicionero, y libradme de la condenacion eterna, que la pesadilla del infierno ya la he vivido en esta vida y con creces: con mi prójimo. Amen.

[...]

Por razones territoriales, un muchacho de un barrio no puede transitar por las calles de otro. Eso sería un insulto insufrible a la propiedad, que aquí es sagrada. Tanto pero tanto tanto que en este país del Corazón de Jess por unos tenis uno mata o se hace matar. Por unos tenis apestosos estamos dispuestos a averiguar a que huele la eternidad. Yo digo que a perfume neutro.

[...]

Se diría que en las comunas los destinos de los vivos están en manos de los muertos. El odio es como la pobreza: son arenas movedizas de las que no sale nadie: mientras mas chapalea uno más se hunde.

[...]

Íbamos mi niño y yo abriéndonos paso a empellones por entre esa gentuza agresiva, fea, abyecta, esa raza depravada y subhumana, la monstruoteca. Esto que veis aquí marcianos es el presente de Colombia y lo que les espera a todos si no paran la avalancha. Jirones de frases hablando de robos, de atracos, de muertos, de asaltos (aquí a todo el mundo lo han atracado o matado una vez por los menos) me llegaban a los oidos pautadas por las infaltables delicadezas de “malparido” e “hijueputa” sin las cuales esta raza fina y sutil no puede abrir la boca. Y ese olor a manteca rancia y a fritangas y a gases de cloaca… ¡Qué es! ¡Qué es! ¡Qué es!. Se ve. Se siente. El pueblo está presente.

[...]

Pero aquí la vida crapulosa está derrotando a la muerte y surgen niños de todas partes, de cualquier hueco o vagina como las ratas de las alcantarillas cuando están muy atestadas y ya no caben. En las afueras del cementerio, cuando salíamos y Alexis recargaba su juguete, dos de esos inocentes recién paridos, como de ocho o diez años, se estaban dando trompadas de lo lindo azuzados por un corrillo de adultos y otros niños, bajo el calor embrutecido del sol del trópico. Dale que dale, con sus caritas encendidas por la rabia, sudorosas, sudando ese odio que aquí se estila y que no tiene sobre la vasta tierra parangón. Como la única forma de acabar con un incendio es apagándolo, de seis tiros el ángel lo apagó. Seis cayeron, uno por cada tiro; seis que eran los que tenía el tambor del tote: cuatro de los espectadores y mánagers, y los dos promisorios púgiles. Cada quien con su marquita en la frente escurriendo unos chorritos rojos como de anilina, unos hilitos de lo más pictóricos. Mi señora Muerte con su sangre fría les había bajado el calor y ganado, por lo menos, este round. Y vamos para el siguiente a ver qué pasa. Suena la campana.

[...]

Cuando tú vuelves en Colombia la otra mejilla, de un segundo trancazo te acaban de desprender la retina. Y una vez que no ves, te cascan de una puñalada en el corazón. En nuestro Hospital San Vicente de Paúl, en la sala de urgencias que llaman “la policlínica”, siempre atestada, un pabellón de guerra en nuestra paz, son expertos en coser corazones: con cualquier hilo corriente de atar tamales los cosen y tan bien que vuelven a latir y a suspirar y a sentir el odio. Como aquí el que vive se venga, los que te cascaron se meten al hospital y te rematan saliendo de la operación exitosa: de cuatro o cinco o veinte tiros en el coconut a ver si los médicos antioqueños son tan buenos neurocirujanos como cardiólogos.

El color de la tierra

2009 Marzo 30
de antonioperezrio

Son las cuatro de la tarde y comienzo a caminar sobre el empedrado húmedo de las calles de Villa de Leyva. Busco la oficina de turismo, pero está cerrada. Al otro lado de la calle, un grupo de personas sentadas en el interior de una sala de exposiciones escucha a un indígena que les habla apoyando sus explicaciones en una pizarra. Me asomo, me invita a sentarme, y así lo hago. No visitaré Villa de Leyva en el día de hoy.

Sek Palta es pintor, miembro de la comunidad indígena nasa, del Cauca. Recoge tierra en lugares donde ha habido masacres o desplazamientos, y con ella y otros pigmentos realiza sus cuadros ocres, manchados por líneas blancas o negras. Para nosotros, el negro no es el color de la muerte, dice, pues la tierra, cuanto más negra, más fértil es.

Sek repasa la cosmovisión de los pueblos indígenas representada en algunos de los ritos que le dan sentido. Más tarde se ocupará con crudeza de la situación social y política, que ha padecido en primera persona como desplazado, antes de finalizar arrastrando su discurso por todo tipo de leyendas urbanas sobre los impuestos ocultos de la Unión Europea -que va a obligar a pagar a todos los habitantes del planeta un impuesto sobre la energía solar- o los ingredientes secretos de la Coca Cola -nacidos, según él, en lo más profundo de las alcantarillas norteamericanas-. A Sek le sobra agudeza e intuición para poner de relieve la falta de sabiduría de algunas prácticas occidentales, pero le falta rigor a la hora de analizar otras.

No obstante, su relato de las tradiciones indígenas rebosa poesía. Y así nos cuenta que, cuando una niña tiene su primera luna -la primera menstruación-, permanece en la casa en cuclillas sobre un agujero en el suelo, lavándose con hierbas mientras entierra su sangre para que su energía vuelva a la tierra. Durante esos días, su madre la enseña a tejer. Y la niña teje su primera mochila, un pequeño bolso en el que plasma sus sueños, sus aspiraciones en la vida. No es artesanía, afirma Sek, es arte que expresa la vida de un pueblo.

Hace pocos días, Sek estaba hablando con un profesor de las muchas universidades que hay en Bogotá. Sek sacó su teléfono móvil y el profesor le dijo que los indígenas cada vez eran más inteligentes, pues usaban celular y se expresaban adecuadamente. Sek le preguntó si vivía en Bogotá y si bebía las aguas del río que pasa por la ciudad. El profesor le confirmó lo primero y le negó lo segundo, pues el río es un caño plagado de desechos. Sek le explicó que si algún día le visitaba en su aldea, le llevaría a todos los ríos y podría beber de todos ellos. Y zanjó la cuestión con sutileza: Pero ustedes, para ser tan inteligentes, no lo están haciendo muy bien.