[...] Todos los actores armados son “coherentes con sus incoherencias” frente al Derecho Internacional Humanitario, es decir, el ELN continúa supeditando el DIH a la guerra y no la guerra al DIH (como sucede, en esencia, en el Acuerdo de Puerta del Cielo), las FARC continúan son sus ataques afectando a la población civil cerca de objetivos militares (y en general afectando bienes personas civiles), la Fuerza Pública continúa con evasivas frente al paramilitarismo o, incluso, en acciones de complicidad abierta (dentro de la lógica de que la omisión no es delito), y los paramilitares siguen causando masacres de civiles (acusándolos de ser “cómplices pasivos” o cosas similares), con lo cual se adaptó el DIH al conflicto colombiano y no el conflicto al DIH. El Estado central, por su parte, demanda de los grupos armados el respeto al DIH, a su vez que él mismo niega la existencia de un conflicto armado. Leer más…
La alianza no estaba planteada entre el Estado y la Iglesia, sino más bien entre esta última y el Partido Conservador, que controlaba el Estado. Durante estos años [comienzos del siglo XX] abundan las expresiones folclóricas de apoyo al Partido Conservador por parte del clero. Como un sacerdote antioqueño aconsejara a sus fieles en 1913: “Hombres y mujeres que me escucháis, tened presente que el parricidio, el infanticidio, el hurto, el crimen, el adulterio, el incesto, etc., etc., son menos malos que ser liberal, especialmente en cuanto a mujeres se refiere”. Otro caso similar es el del sacerdote que, al rendir informe de los resultados electorales en su localidad, presentó la relación de la siguiente manera: “Católicos, 435; rebeldes contra Dios y su Santa Iglesia, 217″.
David Bushnell: Colombia. Una nación a pesar de sí misma (Planeta)
Aníbal experimenta con el color de la tierra en su estudio de Barichara, al que he llegado por azar en mi vagabundear por las calles coloniales del centro del pueblo. Los cuadros que cuelgan de las paredes y su relación con los materiales no dejan lugar a duda: Aníbal hace de la construcción un arte y defiende el derecho de las personas a construir sus propias casas con materiales procedentes del lugar en el que se levantan. La fundación en la que trabaja permitió construir sus propias casas a desplazados que de otro modo no hubieran podido optar más que a unos módulos impersonales y prefabricados en las comunas de Medellín.
La tierra pisada o el bahareque hacen de la casa una forma más del paisaje, un elemento de tierra que respira en la tierra y se relaciona con sus moradores como un ser único alejado de las convenciones de la construcción en serie. Tod0 muy hermoso y muy romántico, me dice Carlos, arquitecto como él, que está construyendo un chalet para un amigo en Barichara y no concede mayor crédito a innovaciones de ese estilo. Mientras tomamos un café, Aníbal permanece sentado en una mesa cercana con su traje de lino blanco y su sombrero canotier. Es evidente que espera a una mujer, pero pasan los minutos y finalmente se va, acompañado de su perro que parece mucho más tranquilo que él. Poco después me despido de Carlos y éste me invita a la galería de arte que va a abrir en su estudio de Bogotá. Sólo expondrá obra gráfica: susceptible de repetición y, por tanto, más fácil de rentabilizar. Sostengo su tarjeta en las manos mientras imagino a Aníbal regresando al estudio después de su cita fallida. El artista honesto es un especialista en volver a casa con las manos vacías. Nada es casual.
Pierre lleva más de 30 años viviendo en Bogotá. Es profesor universitario y especialista en desarrollo rural y le he conocido en el colectivo que se dirige al parque nacional del cañón del Chicamocha. Le acompaña su madre, una valiente mujer de 85 años de sabia sonrisa y vivaz mirada que no dudó en invitarme a su apartamento de París si algún día me decidía a conocer la ville lumière.
Pierre no tiene dudas sobre el hecho más destacable de la evolución que ha vivido la sociedad colombiana a lo largo de los años que lleva en el país: la deriva fatal de la guerrilla, que ha pasado de luchar por la transformación social de un orden injusto a convertirse en una empresa dedicada al mantenimiento de sí misma a través del secuestro y el narcotráfico. La guerrilla actual ha perdido legitimidad y su base social. Su presencia no cambia, sino que refuerza, el estado de las cosas. Y eso es algo que la guerrilla no consigue comprender o, lo que aún sea peor, quizá le traiga sin cuidado.
Pierre también es crítico con el gobierno y con las oligarquías que manejan Colombia desde los tiempos de la independencia. Su nombre llegó a estar en una lista de amenazados, una de esas listas nada banales que hoy vuelven a poblar Colombia aprovechando los vientos favorables del partido en el poder. Al padre del presidente Uribe le mató la guerrilla y eso no se olvida, comenta Pierre, pero gobernar no es sólo luchar contra la guerrilla, hay muchas más cosas que hacer. Y no todo vale.
En el autobús también viaja una trabajadora de la fiscalía. Pierre conoce muy bien la zona y tienen un amigo común del que me cuentan su historia: tanto él como su esposa eran miembros de la fiscalía y a ella la enviaron junto con otros compañeros en una comisión para investigar el asesinato de un campesino por grupos paramilitares en el río Magdalena. Los paramilitares les hicieron una emboscada y dispararon al coche de la comisión. A todos los que aún se movían después de las primeras ráfagas, les dieron el tiro de gracia. El conductor se hizo el muerto y fue el único superviviente. Nuestro amigo tenía dos niños, ¿verdad? -preguntó Pierre-. Sí, -contestó la fiscal sonriendo-, pero ya son dos hombrecitos, tendría que verlos…
La que no va a ver a sus hijos es su madre, pensé. Aunque gracias a las leyes de desmovilización del gobierno colombiano, los paras sí tendrán esa suerte, de hecho, ya la tienen. Seguro que algún día, entre cerveza y cerveza, en el nombre de la reconciliación nacional y de la seguridad democrática, se cruzan en la calle con ellos.
Veo en la televisión que ha muerto Corín Tellado, productora en serie de cientos de libros y vendedora de millones de ellos. Pero si queremos conocer algo del amor, en una novela tan tórrida y descarnada como Crónica de una muerte anunciada García Márquez nos regala una escena que no contradice el hedor de los intestinos de Santiago Nasar al caer sobre la tierra, porque el destino, el dolor, el amor o el olvido están hechos de la misma materia: la palabra.
Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quien era. “Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo, era él!”. Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada en sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.
-Bueno -dijo-, aquí estoy.
Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas con sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.
Este país ha pasado mucho, me dice Sergio con una mezcla de rabia y dolor que está a punto de empañar sus ojos. Acabo de regresar a Villa de Leyva, después de una mañana de lluvia en la que visité el monasterio de Sancti Ecce Homo, un hermoso oasis de religiosidad católica a pocos kilómetros de los falos de piedra de la cultura Muisca. No es de extrañar que los conquistadores españoles, tan reprimidos como algunos de sus descendientes, pensaran que los falos eran obra del diablo -qué pensarían ellos al mirarse al espejo, me pregunto- y derribaran gran parte de ellos. Hoy se erigen en un recinto cerrado por el que es posible pasear e imaginar la ceremonia de fertilidad que celebraban los sacerdotes el único día del año en el que, durante el cénit del sol, los falos no ofrecían sombra sobre la tierra. Lo masculino hundido en lo femenino, el sol concentrado en la tierra: una fiesta de fertilidad demasiado sencilla para los retorcidos senderos teologales de la Santa Madre Iglesia.
El movimiento indígena está en un momento de resistencia frente a los actores armados, continúa Sergio mientras da vueltas a su sombrero blanco con cinta negra. Él y su esposa son sociólogos y han trabajado muchos años con los diferentes pueblos indígenas que pueblan Colombia. Resistir, que no es poco, por ejemplo, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Sergio me señala el mapa: al sur de la sierra y al este de la frontera con Venezuela se encuentra un corredor cuyo centro es Valledupar, por el que penetra el contrabando desde los puertos de la Guajira y Venezuela. Controlar esa zona es controlar la entrada de armas y la salida de droga. De ahí la fuerte presencia guerrillera de los años 90 y la respuesta paramilitar. Más de trescientos kankuamos fueron asesinados, prosigue Sergio. Si bajaban del monte, los paramilitares los consideraban colaboradores de la guerrilla. Si subían, los guerrilleros pensaban que eran espías de los paras. La única respuesta a ambas sospechas era la muerte. Hace varios años, el gobierno declaró la zona libre de guerrilla. Pero una parte del precio del trekking de seis días a Ciudad Perdida sigue siendo para pagar a los paramilitares que controlan la zona. La seguridad de los turistas, ante todo.
No sólo los kankuamos. En mayo de 1996, el presidente Samper declaró su intención de construir un nuevo canal que uniese el Pacífico y el Atlántico por tierras colombianas, una vieja idea aprobada por ley en 1985 durante el gobierno de Betancur, estudiada por posteriores gobiernos pero aparcada desde entonces. Ese mismo día comenzó la violencia en el Chocó fronterizo con Panamá: los paramilitares enviados por los terratenientes del país entraron a sangre y bala -en un país en que la sangre y la bala no son metáforas- para desalojar a los habitantes de la zona y poner sus tierras en manos de las nobles familias que desde hace siglos manejan la política colombiana. La guerrilla comprendió la importancia del proyecto y respondió con dureza. En medio, los de siempre, indígenas y campesinos que engrosan las cifras de muertos o desplazados.
Sergio es familiar de Don Paulino, el dueño de la económica pensión en la que me encuentro alojado, una casa colonial de las muchas que pueblan Villa de Leyva. Hoy se celebra el aniversario de la muerte de su primera esposa y, por ello, al regresar de la excursión me ha recibido la familia en pleno y me han invitado a comer con ellos en el hermoso patio.
Sergio me invita después a su tienda de artesanía y joyería indígenas. Allí me presenta a Jorge, un escritor de la localidad con una terrible historia detrás. Jorge se enamoró de una turista extranjera y ambos acudieron a la playa de Sapzurro, en la frontera con Panamá, para celebrar la Nochevieja. Y en medio de un baño su novia se ahogó -un juego del que todos formamos parte cuyo lema es ahora estás vivo, mañana no lo estás-. Llevó su cuerpo al bungalow y allí comprendió desesperado que aquello no era un mal sueño y pidió ayuda. No fue ayuda lo que obtuvo: los habitantes del lugar desconfiaron de él y le dijeron que tenían que esperar unos días a la llegada de la policía, pues temían que Jorge hubiera ahogado a la joven extranjera. Y así el cuerpo vivo de Jorge y el cuerpo de su novia muerta pasaron juntos la Nochevieja y el Año Nuevo y algunos días más, solos en un bungalow de una playa aislada a la espera de que el silencio acabase. Llegó la policía y el cuerpo de Jorge pudo abandonar aquella pesadilla, pero su alma ha tardado varios años en supurar las palabras que ahora hojeo entre mis manos.
Sigue escribiendo, le digo mientras estrechó su mano, la literatura es vida. Jorge sonríe con melancolía, pues su mirada conoce bien el olor de la muerte en el calor del trópico.
Despues de varios días he terminado de leer el libro de Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios, una novela que me prestó Mar Ortega, mi anfitriona en Bogotá. Mar es profesora de literatura y tiene una relación orgánica con la palabra escrita, algo que descubrió cuando tuvo una relación con un poeta salvadoreño y se quedaron sin plata: estuvieron tres semanas sin hacer la compra y, cada vez que tenían hambre, se encerraban en el cuarto a leer poesía -una hipotesis más creíble de lo que podría parecer, pues es dudoso que tuvieran fuerzas para hacer otras cosas-.
Fernando Vallejo no pertenece a la estirpe de los ángeles, pero escribe tan bien como el mismísimo demonio y sus palabras son ráfagas inmisericordes que apuntan, disparan y rematan a todos los miembros de la sociedad colombiana. La Virgen de los Sicarios es una sacudida brutal sobre una realidad brutal: la del Medellin de la primera mitad de los años noventa, momento en que la ciudad amada y odiada por el autor se convirtió en el crisol de muerte que afortunadamente ya no es:
Madre Santísima, Maria Auxiliadora, señora de bondad y de misericordia, posternado a vuestros pies y avergonzado de mis culpas, lleno de confianza en vos os suplico atendáis este ruego: que cuando llegue mi ultima hora, por fin, acudáis en mi socorro para que tenga la muerte del justo. Ahuyentad al espiritu maligno y su silbo traicionero, y libradme de la condenacion eterna, que la pesadilla del infierno ya la he vivido en esta vida y con creces: con mi prójimo. Amen.
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Por razones territoriales, un muchacho de un barrio no puede transitar por las calles de otro. Eso sería un insulto insufrible a la propiedad, que aquí es sagrada. Tanto pero tanto tanto que en este país del Corazón de Jess por unos tenis uno mata o se hace matar. Por unos tenis apestosos estamos dispuestos a averiguar a que huele la eternidad. Yo digo que a perfume neutro.
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Se diría que en las comunas los destinos de los vivos están en manos de los muertos. El odio es como la pobreza: son arenas movedizas de las que no sale nadie: mientras mas chapalea uno más se hunde.
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Íbamos mi niño y yo abriéndonos paso a empellones por entre esa gentuza agresiva, fea, abyecta, esa raza depravada y subhumana, la monstruoteca. Esto que veis aquí marcianos es el presente de Colombia y lo que les espera a todos si no paran la avalancha. Jirones de frases hablando de robos, de atracos, de muertos, de asaltos (aquí a todo el mundo lo han atracado o matado una vez por los menos) me llegaban a los oidos pautadas por las infaltables delicadezas de “malparido” e “hijueputa” sin las cuales esta raza fina y sutil no puede abrir la boca. Y ese olor a manteca rancia y a fritangas y a gases de cloaca… ¡Qué es! ¡Qué es! ¡Qué es!. Se ve. Se siente. El pueblo está presente.
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Pero aquí la vida crapulosa está derrotando a la muerte y surgen niños de todas partes, de cualquier hueco o vagina como las ratas de las alcantarillas cuando están muy atestadas y ya no caben. En las afueras del cementerio, cuando salíamos y Alexis recargaba su juguete, dos de esos inocentes recién paridos, como de ocho o diez años, se estaban dando trompadas de lo lindo azuzados por un corrillo de adultos y otros niños, bajo el calor embrutecido del sol del trópico. Dale que dale, con sus caritas encendidas por la rabia, sudorosas, sudando ese odio que aquí se estila y que no tiene sobre la vasta tierra parangón. Como la única forma de acabar con un incendio es apagándolo, de seis tiros el ángel lo apagó. Seis cayeron, uno por cada tiro; seis que eran los que tenía el tambor del tote: cuatro de los espectadores y mánagers, y los dos promisorios púgiles. Cada quien con su marquita en la frente escurriendo unos chorritos rojos como de anilina, unos hilitos de lo más pictóricos. Mi señora Muerte con su sangre fría les había bajado el calor y ganado, por lo menos, este round. Y vamos para el siguiente a ver qué pasa. Suena la campana.
[...]
Cuando tú vuelves en Colombia la otra mejilla, de un segundo trancazo te acaban de desprender la retina. Y una vez que no ves, te cascan de una puñalada en el corazón. En nuestro Hospital San Vicente de Paúl, en la sala de urgencias que llaman “la policlínica”, siempre atestada, un pabellón de guerra en nuestra paz, son expertos en coser corazones: con cualquier hilo corriente de atar tamales los cosen y tan bien que vuelven a latir y a suspirar y a sentir el odio. Como aquí el que vive se venga, los que te cascaron se meten al hospital y te rematan saliendo de la operación exitosa: de cuatro o cinco o veinte tiros en el coconut a ver si los médicos antioqueños son tan buenos neurocirujanos como cardiólogos.
Son las cuatro de la tarde y comienzo a caminar sobre el empedrado húmedo de las calles de Villa de Leyva. Busco la oficina de turismo, pero está cerrada. Al otro lado de la calle, un grupo de personas sentadas en el interior de una sala de exposiciones escucha a un indígena que les habla apoyando sus explicaciones en una pizarra. Me asomo, me invita a sentarme, y así lo hago. No visitaré Villa de Leyva en el día de hoy.
Sek Palta es pintor, miembro de la comunidad indígena nasa, del Cauca. Recoge tierra en lugares donde ha habido masacres o desplazamientos, y con ella y otros pigmentos realiza sus cuadros ocres, manchados por líneas blancas o negras. Para nosotros, el negro no es el color de la muerte, dice, pues la tierra, cuanto más negra, más fértil es.
Sek repasa la cosmovisión de los pueblos indígenas representada en algunos de los ritos que le dan sentido. Más tarde se ocupará con crudeza de la situación social y política, que ha padecido en primera persona como desplazado, antes de finalizar arrastrando su discurso por todo tipo de leyendas urbanas sobre los impuestos ocultos de la Unión Europea -que va a obligar a pagar a todos los habitantes del planeta un impuesto sobre la energía solar- o los ingredientes secretos de la Coca Cola -nacidos, según él, en lo más profundo de las alcantarillas norteamericanas-. A Sek le sobra agudeza e intuición para poner de relieve la falta de sabiduría de algunas prácticas occidentales, pero le falta rigor a la hora de analizar otras.
No obstante, su relato de las tradiciones indígenas rebosa poesía. Y así nos cuenta que, cuando una niña tiene su primera luna -la primera menstruación-, permanece en la casa en cuclillas sobre un agujero en el suelo, lavándose con hierbas mientras entierra su sangre para que su energía vuelva a la tierra. Durante esos días, su madre la enseña a tejer. Y la niña teje su primera mochila, un pequeño bolso en el que plasma sus sueños, sus aspiraciones en la vida. No es artesanía, afirma Sek, es arte que expresa la vida de un pueblo.
Hace pocos días, Sek estaba hablando con un profesor de las muchas universidades que hay en Bogotá. Sek sacó su teléfono móvil y el profesor le dijo que los indígenas cada vez eran más inteligentes, pues usaban celular y se expresaban adecuadamente. Sek le preguntó si vivía en Bogotá y si bebía las aguas del río que pasa por la ciudad. El profesor le confirmó lo primero y le negó lo segundo, pues el río es un caño plagado de desechos. Sek le explicó que si algún día le visitaba en su aldea, le llevaría a todos los ríos y podría beber de todos ellos. Y zanjó la cuestión con sutileza: Pero ustedes, para ser tan inteligentes, no lo están haciendo muy bien.