Colombia en su laberinto
[...] Todos los actores armados son “coherentes con sus incoherencias” frente al Derecho Internacional Humanitario, es decir, el ELN continúa supeditando el DIH a la guerra y no la guerra al DIH (como sucede, en esencia, en el Acuerdo de Puerta del Cielo), las FARC continúan son sus ataques afectando a la población civil cerca de objetivos militares (y en general afectando bienes personas civiles), la Fuerza Pública continúa con evasivas frente al paramilitarismo o, incluso, en acciones de complicidad abierta (dentro de la lógica de que la omisión no es delito), y los paramilitares siguen causando masacres de civiles (acusándolos de ser “cómplices pasivos” o cosas similares), con lo cual se adaptó el DIH al conflicto colombiano y no el conflicto al DIH. El Estado central, por su parte, demanda de los grupos armados el respeto al DIH, a su vez que él mismo niega la existencia de un conflicto armado.
¿Te vienes a Maicao?
- Negra, ¿te vienes a Maicao?
El conductor era tan negro como la negra y le lanzó su pregunta a través de la ventanilla. Ella le ignoró con la mirada y afirmó su victoria al alejarse de nosotros aumentando ostensiblemente el baile de sus caderas.
El taxista que había encontrado en Valledupar era un especialista en frenar el coche ante cualquier mujer hermosa que pudiera encontrar en su camino, siguiendo una versión caribeña de la táctica de los leones, que triunfaban en un 10% de sus ataques y con esa renta tenían más que suficiente. Pasé un tiempo pensando el porcentaje de éxitos y fracasos que yo mismo acumulaba a mis espaldas y lo inferior de mis tácticas ante el desparpajo y la falta de pudor del conductor. Después de prometerme inútilmente a mi mismo que iba a ser más caribeño a partir de entonces, decidí cambiar de tercio e indagar el sentir de mis compañeros de viaje sobre los constantes crímenes que asolaban las noches del César y la Guajira y que aparecían cada mañana en los periódicos.
- El Gobierno lo sabe, por supuesto, ellos están detrás de todo, son los mismos.
El conductor del taxi no tenía dudas y el viajero que se encontraba delante de mí remató la jugada:
- No se puede hacer otra cosa: el ratero sólo aprende de un tiro en la cabeza.
Hablaban de los águilas negras, los paramilitares, los de siempre pero mejor organizados, más jóvenes, más silenciosos. Los de toda la vida, limpiando las calles de vagos y maleantes. ¿Qué pasa si se equivocan? ¿Qué pasa si aprovechan su ley para quitarse de en medio, como están haciendo, a activistas sociales o sindicalistas? Ellos no se equivocan, afirma el conductor, nunca se equivocan. Si no haces nada, no te pasa nada. Pero si vas detrás de la muerte, te la encuentras.
La ciudad donde nace el sol
Nabusímake, la ciudad donde nace el sol, es la capital de la tierra de los arhuacos, en los valles meridionales de la Sierra Nevada de Santa Marta. Llegué al poblado después de serpentear cuatro horas en 4×4 sobre una pista infestada de piedras y quebrada por grietas innumerables formadas por la lluvia. El conductor me dejó en casa de María Inés Quinto, una amable señora que fue mi anfitriona durante las treinta y seis horas que estuve en el poblado.
Cuando los capuchinos llegaron al valle, a comienzos del siglo XX, aportaron diversas mejoras en la agricultura y ganadería del valle: nuevas especies de vacas y ovejas más productivas, introducción de la trucha en los ríos… Pero también prohibieron la lengua arhuaca y se enfrentaron a algunas costumbres que eran seña de identidad del pueblo. Junto a los capuchinos llegaron colonos del resto del país y los arhuacos se sintieron arrinconados. Su reacción fue firme, me cuenta Alberto, en la comisaría del pueblo: Les dimos un aviso y se fueron todos: blancos y capuchinos comprendieron lo que les esperaba si no abandonaban el valle. Los espíritus le han dado una tierra a cada pueblo para que cuide de ella. Confieso que me pongo en guardia cuando escucho argumentos como estos, pues la historia del mundo está llena de pueblos que se proclamaron elegidos y fueron sus vecinos los que sufrieron las consecuencias.
Una nación a pesar de sí misma
La alianza no estaba planteada entre el Estado y la Iglesia, sino más bien entre esta última y el Partido Conservador, que controlaba el Estado. Durante estos años [comienzos del siglo XX] abundan las expresiones folclóricas de apoyo al Partido Conservador por parte del clero. Como un sacerdote antioqueño aconsejara a sus fieles en 1913: “Hombres y mujeres que me escucháis, tened presente que el parricidio, el infanticidio, el hurto, el crimen, el adulterio, el incesto, etc., etc., son menos malos que ser liberal, especialmente en cuanto a mujeres se refiere”. Otro caso similar es el del sacerdote que, al rendir informe de los resultados electorales en su localidad, presentó la relación de la siguiente manera: “Católicos, 435; rebeldes contra Dios y su Santa Iglesia, 217″.
David Bushnell: Colombia. Una nación a pesar de sí misma (Planeta)
Tierra viva
Aníbal experimenta con el color de la tierra en su estudio de Barichara, al que he llegado por azar en mi vagabundear por las calles coloniales del centro del pueblo. Los cuadros que cuelgan de las paredes y su relación con los materiales no dejan lugar a duda: Aníbal hace de la construcción un arte y defiende el derecho de las personas a construir sus propias casas con materiales procedentes del lugar en el que se levantan. La fundación en la que trabaja permitió construir sus propias casas a desplazados que de otro modo no hubieran podido optar más que a unos módulos impersonales y prefabricados en las comunas de Medellín.
La tierra pisada o el bahareque hacen de la casa una forma más del paisaje, un elemento de tierra que respira en la tierra y se relaciona con sus moradores como un ser único alejado de las convenciones de la construcción en serie. Tod0 muy hermoso y muy romántico, me dice Carlos, arquitecto como él, que está construyendo un chalet para un amigo en Barichara y no concede mayor crédito a innovaciones de ese estilo. Mientras tomamos un café, Aníbal permanece sentado en una mesa cercana con su traje de lino blanco y su sombrero canotier. Es evidente que espera a una mujer, pero pasan los minutos y finalmente se va, acompañado de su perro que parece mucho más tranquilo que él. Poco después me despido de Carlos y éste me invita a la galería de arte que va a abrir en su estudio de Bogotá. Sólo expondrá obra gráfica: susceptible de repetición y, por tanto, más fácil de rentabilizar. Sostengo su tarjeta en las manos mientras imagino a Aníbal regresando al estudio después de su cita fallida. El artista honesto es un especialista en volver a casa con las manos vacías. Nada es casual.
La suerte de los violentos
Pierre lleva más de 30 años viviendo en Bogotá. Es profesor universitario y especialista en desarrollo rural y le he conocido en el colectivo que se dirige al parque nacional del cañón del Chicamocha. Le acompaña su madre, una valiente mujer de 85 años de sabia sonrisa y vivaz mirada que no dudó en invitarme a su apartamento de París si algún día me decidía a conocer la ville lumière.
Pierre no tiene dudas sobre el hecho más destacable de la evolución que ha vivido la sociedad colombiana a lo largo de los años que lleva en el país: la deriva fatal de la guerrilla, que ha pasado de luchar por la transformación social de un orden injusto a convertirse en una empresa dedicada al mantenimiento de sí misma a través del secuestro y el narcotráfico. La guerrilla actual ha perdido legitimidad y su base social. Su presencia no cambia, sino que refuerza, el estado de las cosas. Y eso es algo que la guerrilla no consigue comprender o, lo que aún sea peor, quizá le traiga sin cuidado.
Pierre también es crítico con el gobierno y con las oligarquías que manejan Colombia desde los tiempos de la independencia. Su nombre llegó a estar en una lista de amenazados, una de esas listas nada banales que hoy vuelven a poblar Colombia aprovechando los vientos favorables del partido en el poder. Al padre del presidente Uribe le mató la guerrilla y eso no se olvida, comenta Pierre, pero gobernar no es sólo luchar contra la guerrilla, hay muchas más cosas que hacer. Y no todo vale.
Crónica de una muerte anunciada
Veo en la televisión que ha muerto Corín Tellado, productora en serie de cientos de libros y vendedora de millones de ellos. Pero si queremos conocer algo del amor, en una novela tan tórrida y descarnada como Crónica de una muerte anunciada García Márquez nos regala una escena que no contradice el hedor de los intestinos de Santiago Nasar al caer sobre la tierra, porque el destino, el dolor, el amor o el olvido están hechos de la misma materia: la palabra.
Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quien era. “Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo, era él!”. Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada en sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.
-Bueno -dijo-, aquí estoy.
Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas con sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.
El olor de la muerte en el trópico
Este país ha pasado mucho, me dice Sergio con una mezcla de rabia y dolor que está a punto de empañar sus ojos. Acabo de regresar a Villa de Leyva, después de una mañana de lluvia en la que visité el monasterio de Sancti Ecce Homo, un hermoso oasis de religiosidad católica a pocos kilómetros de los falos de piedra de la cultura Muisca. No es de extrañar que los conquistadores españoles, tan reprimidos como algunos de sus descendientes, pensaran que los falos eran obra del diablo -qué pensarían ellos al mirarse al espejo, me pregunto- y derribaran gran parte de ellos. Hoy se erigen en un recinto cerrado por el que es posible pasear e imaginar la ceremonia de fertilidad que celebraban los sacerdotes el único día del año en el que, durante el cénit del sol, los falos no ofrecían sombra sobre la tierra. Lo masculino hundido en lo femenino, el sol concentrado en la tierra: una fiesta de fertilidad demasiado sencilla para los retorcidos senderos teologales de la Santa Madre Iglesia.
El movimiento indígena está en un momento de resistencia frente a los actores armados, continúa Sergio mientras da vueltas a su sombrero blanco con cinta negra. Él y su esposa son sociólogos y han trabajado muchos años con los diferentes pueblos indígenas que pueblan Colombia. Resistir, que no es poco, por ejemplo, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Sergio me señala el mapa: al sur de la sierra y al este de la frontera con Venezuela se encuentra un corredor cuyo centro es Valledupar, por el que penetra el contrabando desde los puertos de la Guajira y Venezuela. Controlar esa zona es controlar la entrada de armas y la salida de droga. De ahí la fuerte presencia guerrillera de los años 90 y la respuesta paramilitar. Más de trescientos kankuamos fueron asesinados, prosigue Sergio. Si bajaban del monte, los paramilitares los consideraban colaboradores de la guerrilla. Si subían, los guerrilleros pensaban que eran espías de los paras. La única respuesta a ambas sospechas era la muerte. Hace varios años, el gobierno declaró la zona libre de guerrilla. Pero una parte del precio del trekking de seis días a Ciudad Perdida sigue siendo para pagar a los paramilitares que controlan la zona. La seguridad de los turistas, ante todo.
La Virgen de los Sicarios
Despues de varios días he terminado de leer el libro de Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios, una novela que me prestó Mar Ortega, mi anfitriona en Bogotá. Mar es profesora de literatura y tiene una relación orgánica con la palabra escrita, algo que descubrió cuando tuvo una relación con un poeta salvadoreño y se quedaron sin plata: estuvieron tres semanas sin hacer la compra y, cada vez que tenían hambre, se encerraban en el cuarto a leer poesía -una hipotesis más creíble de lo que podría parecer, pues es dudoso que tuvieran fuerzas para hacer otras cosas-.
Fernando Vallejo no pertenece a la estirpe de los ángeles, pero escribe tan bien como el mismísimo demonio y sus palabras son ráfagas inmisericordes que apuntan, disparan y rematan a todos los miembros de la sociedad colombiana. La Virgen de los Sicarios es una sacudida brutal sobre una realidad brutal: la del Medellin de la primera mitad de los años noventa, momento en que la ciudad amada y odiada por el autor se convirtió en el crisol de muerte que afortunadamente ya no es:
Madre Santísima, Maria Auxiliadora, señora de bondad y de misericordia, posternado a vuestros pies y avergonzado de mis culpas, lleno de confianza en vos os suplico atendáis este ruego: que cuando llegue mi ultima hora, por fin, acudáis en mi socorro para que tenga la muerte del justo. Ahuyentad al espiritu maligno y su silbo traicionero, y libradme de la condenacion eterna, que la pesadilla del infierno ya la he vivido en esta vida y con creces: con mi prójimo. Amen.
[...]
Por razones territoriales, un muchacho de un barrio no puede transitar por las calles de otro. Eso sería un insulto insufrible a la propiedad, que aquí es sagrada. Tanto pero tanto tanto que en este país del Corazón de Jess por unos tenis uno mata o se hace matar. Por unos tenis apestosos estamos dispuestos a averiguar a que huele la eternidad. Yo digo que a perfume neutro.